de/di Luis Alberto de Cuenca
(trad. Marcela Filippi)
Desnudo y muerto. ¿Qué mejor destino
para el héroe después de la batalla?
La belleza perfecta para Poe
era el cadáver de una mujer joven.
(Los necrófilos saben de qué hablo).
Pero encontrar la muerte en el combate
cuerpo a cuerpo, embellece al que la sufre,
lo convierte en un mito del coraje,
en un emblema de la valentía.
Los dioses aman a quien muere joven
y, si muere en el campo de batalla,
lo aman más todavía. El viejo Homero
cantó la sangre que fluía, tibia,
por la llanura en torno al Escamandro.
Y era hermoso morir por un fantasma
hecho de nube (que es lo que era Helena,
si hacemos caso al bueno de Estesícoro
en su provocadora Palinodia),
y morir bello, roto pero hermoso,
sin causa, sin motivo, ni siquiera
para honrar a la patria o deshacer
un entuerto. Morir por la belleza
de lo inútil, que no por la verdad
ni por el bien, esos fantasmas vanos.
La cruel dentellada del león
no quita, sino añade, fortaleza
a la recia textura del guerrero
que la padece. Y ese galo muerto,
caído sobre el propio escudo inane,
no puede ser más bello. Las muchachas
del mundo se emocionan al mirarlo,
se lamentan, lo lloran, lo desean,
como desean a ese otro gálata
que se atraviesa con la espada el cuello,
o al caído de Egina, sonriente
ante la nada, o al gentil Patroclo,
que mató a Sarpedón y fue vencido
por Héctor a su vez, almas hermosas
en cuerpos deslumbrantes, infinita
secuencia de guerreros en el Hades
en lugar de en el lecho del amor,
huérfano ahora de virilidad,
ayuno de los brazos y los músculos
que te instalaban en el paraíso.
Y mientras los taladran con los ojos,
absortas en su inmóvil hermosura,
las muchachas del mundo consideran
la vanidad de todo y reflexionan,
unidas por un mismo pensamiento:
Desnudo y muerto, ¿qué mejor destino
para el héroe después de la batalla?