de/di Isabel Fernández Bernaldo de Quirós
(trad. Marcela Filippi)
Alguien me habló de un bosque
y de una capilla gótica
hermanada con los árboles
en edad y abandono.
Me adentro en su soledad.
No hay senda.
Por cada uno de mis pasos
me llega el despertar del sotobosque
y el variopinto crujir de sus bostezos.
Mañana de diciembre y quietud.
¿Alguien más aquí?
¡Es tanta la vida que no veo
y me observa!
¡Y tanta la vida silente
ajena al ruido del tiempo!
Confirmo la ubicación.
Hago equilibrios con el hielo de mis manos,
los bártulos aventureros,
la cámara de fotos,
el eje de mi cuerpo
y el compás de mis latidos.
Entre los árboles desnudos
el sol da paso a unas cálidas notas de luz.
La tierra respira hondo
y su vaho trémulo arropa con ternura
el aterido rostro del paisaje
que me avista:
viejos árboles queriendo tocar el cielo,
troncos muertos o desfallecidos,
ramas huesudas entrelazadas…
y en su epicentro,
coronada,
la pequeña iglesia que es olvido.
Su silencio estremece.
Las luces de cirio
que se filtran por las ventanas
descubren el manto de seda
que todo lo cubre.
Me encamino hacia el altar
y tomo asiento en el banco que lo mira.81
Una humilde cruz
cuelga del techo. En las sombras
de sus arcos duermen murciélagos.
También nidos de pájaros que emigran.
¡Cuánta vida aquí!
Alguien dejó sobre el altar,
bajo la cruz,
un ramo de flores frescas
¿Desde dónde?
¿Y quién?
¿Qué Amor le ha removido?
Mi cámara de fotos tiene los ojos cerrados.
Es momento de meditación.
De sentir el espíritu en paz
Qualcuno mi parlò di un bosco
e di una cappella gotica
sorella con gli alberi
per età e abbandono.
Mi inoltro nella sua solitudine.
Non c’è sentiero.
Ad ogni mio passo
mi giunge il ridestarsi del sottobosco
e il fruscio variopinto dei suoi sbadigli.
Mattino di dicembre e di quiete.
C'è qualcun altro qui?
Tanta la vita che non vedo
e che mi accoglie!
Tanta la vita silenziosa
estranea al fragore del tempo.
Verifico dove mi trovo.
Faccio equilibri con il gelo delle mie mani,
gli utensili da avventura,
la macchina fotografica,
l’asse del mio corpo
e il ritmo dei miei palpiti.
Tra gli alberi spogli
il sole cede il passo a calde note di luce.
La terra respira profondamente
e la sua esalazione tremula avvolge con tenerezza
il gelido volto del paesaggio
che mi scorge:
vecchi alberi tesi a toccare il cielo,
tronchi morti o svenuti,
rami ossuti intrecciati…
e nel suo epicentro,
incoronata,
la piccola chiesa che è oblio.
Il suo silenzio stupisce.
I barlumi di cero
che filtrano dalle finestre
svelano il manto di seta
che tutto copre.
Mi avvio verso l’altare
e prendo posto sul banco che l'osserva.
Una croce umile
pende dal soffitto. Nelle ombre
delle sue arcate dormono pipistrelli.
Anche nidi di uccelli che emigrano.
Quanta vita qui!
Qualcuno ha deposto sull’altare,
ai piedi della croce,
un mazzo di fiori freschi.
Da dove?
E chi?
Quale Amore lo ha mosso?
La mia macchina fotografica ha gli occhi chiusi.
È l'ora della meditazione.
Per sentire lo spirito in pace.
(De Una mujer a contraluz. Ondina Ediciones, 2026)
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