de/di Alejandro Céspedes
(trad. Marcela Filippi)
Hace doscientos años que el campo y sus laderas
se quedaron cubiertos por fragmentos
de cascos y corazas, tambores rotos,
trozos de cañones, jirones de uniformes
y estandartes teñidos de una sangre culpable.
Mil ochocientos quince, dieciocho de junio,
la batalla de Waterloo.
Hubo piras ardiendo con soldados franceses
durante nueve días.
Las llamas, al final, se alimentaban
únicamente de la grasa humana.
Una empresa británica
recogió toneladas de osamentas
de humanos y caballos que eran enviadas
a las trituradoras de vapor de Yorkshire,
para luego en Doncaster ser vendidas
como fertilizante.
¡Cuánto ha cambiado todo!
¡Qué hermosas arboledas surgen de los esqueletos!
Cuánta paz domina hoy las colinas
mientras el universo huele a carne quemada.
Hoy parece que nada ha sucedido,
pero la misma historia sigue abriendo
todos los telediarios.
En Méjico —nos dice Edgar Olguín4—
es mucho más alarmante ver un cuerpo desnudo
que un cuerpo calcinado.
Escuchamos las llamas de la muerte
—con su crepitar fétido—
que restauran el tiempo de la paz del vencido.
Los ojos abrasados, los cuerpos triturados
como ofrenda a los pájaros
en el mundo del hambre.
Nos burlamos de todo...
No somos inocentes en esta sumisión a los olvidos.
Todas nuestras sonrisas son cómplices y airean
esporas de estas manchas.
La conciencia es ceniza
que duerme en el dolor de lo quemado.
En las candentes úlceras
de una historia que siempre se repite
escribimos poemas
para acallar cualquier remordimiento,
y en esa lacerante perversión de lo humano
se inaugura este tiempo donde somos eternos
convertidos en guano,
transformados en árboles.
Da due secoli ormai la valle e i suoi pendii
sono rimasti ricoperti da frammenti
di elmi e di corazze, tamburi rotti,
rottami di cannoni, brandelli di divise
e stendardi macchiati da un sangue colpevole.
Milleottocentoquindici, diciotto di giugno,
la battaglia di Waterloo.
Arsero pire di soldati francesi
per nove giorni interi.
Le fiamme, alla fine, si alimentavano
soltamente di grasso umano.
Un’impresa britannica
raccolse tonnellate d’ossame
umano e di cavalli che erano inviati
alle trituratrici a vapore dello Yorkshire,
per poi esser vendute a Doncaster
come fertilizzante.
Come è cambiato tutto!
Che splendidi boschi sorgono dagli scheletri!
Quanta pace domina oggi le colline
mentre l'universo esala odore di carne bruciata.
Oggi pare che nulla sia accaduto,
ma la stessa storia continua ad aprire
tutti i telegiornali.
In Messico — ci dice Edgar Olguín —
è molto più allarmante vedere un corpo nudo
che un corpo carbonizzato.
Sentiamo le fiamme della morte
— col loro crepitio fetido —
che restaurano il tempo della pace del vinto.
Gli occhi arsi, i corpi triturati
come offerta agli uccelli
nel mondo della fame.
Ci burliamo di tutto...
Non siamo innocenti in questo assoggetamento all'oblio.
Ogni nostro sorriso è complice e libera
le spore di queste macchie.
La coscienza è cenere
che dorme nel dolore di ciò che è andato bruciato.
Sulle ferite brucianti
di una storia che sempre si ripete
scriviamo poesie
per soffocare ogni rimorso,
e in quella lacerante perversione dell'umano
s'inaugura questo tempo in cui siamo eterni
trasformati in guano,
trasformati in alberi.
(De Taller de relojería. Editorial Averso, Granada 2025)
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