de/di Jorge Pérez Cebrián
(trad. Marcela Filippi)
Cuando fui consciente de mis manos, se había ido.
Tenía el peso, urgente y frágil, de sus vértices, su afilada
orfebrería de cristal, su cruel belleza.
Tenía polvo en la frente de las madres de la tierra y los gritos
hambrientos de su vientre. El metal en la boca de las promesas
y la voz de algunos muertos. Todos los adioses y dos surcos
cerrando mi sonrisa.
Yo no sabía que el tiempo era una música y dancé en los
cadáveres de mi infancia, como tú, como todos.
Me entretuve persiguiendo hojas de oro y anudé mi ropa para
no mancharla. Aprendí mi oficio.
Preguntó mi nombre y sin pensarlo demasiado sólo dije
“He escrito algunos poemas y he visto el mar y he llorado”.
Joven. Joven si supiera despedirme a tiempo, antes de que
una inercia de vísceras que palpitan, un frío en las líneas de la
mano, urgente y frágil, nos arañe los huesos.
Quisiera volver atrás y verlo. No diría nada. Quién soy yo para
denigrar las labores de los días.
Y sólo los dioses crean, dijeron, pero puedes destruir cosas
eternas.
Adelante. Este es el tiempo de la cosecha, del metal silbante,
del fruto con dulzor a muerte.
La he buscado en tantos rostros. Enfermo de vida, ofrecí la
tierra de mis bolsillos y los cortes de mis antebrazos. Pero
la música cada vez es más antigua. Hace tiempo que olvidé
cantar la primavera y sueño con el jugo irisando mis labios.
Dejad que recueste la cabeza en el musgo fresco, casi como si
otra noche. Dejad que mayo vuelva.
A quién puede importarle.
Dejadme decir
que he escrito algunos poemas,
que he visto el mar
y, como tú, he llorado.
Mi nombre es el nombre de cualquiera. También yo amé la
vida y devoré sus dones.
Dejadme ahora hacerla mía,
ahora
que todavía los frutos cuelgan de la rama
y ofrecen la dulzura
de las cosas que separa de la muerte
tan sólo una palabra
la más bella palabra todavía.
Quando fui cosciente delle mie mani, se n’era andato.
Aveva il peso, urgente e fragile, dei suoi vertici, della sua affilata
oreficeria di cristallo, della sua crudele bellezza.
Aveva polvere sulla fronte delle madri della terra e le grida
affamate del loro ventre. Il metallo in bocca delle promesse
e la voce di alcuni morti. Tutti gli addii e due solchi
che chiudevano il mio sorriso.
Non sapevo che il tempo fosse una musica e ho danzato sui
cadaveri della mia infanzia, come te, come tutti.
Persi tempo a inseguire foglie d’oro e annodai le mie vesti per
non macchiarle. Ho imparato il mio mestiere.
Chiese il mio nome e senza pensarci troppo dissi solo:
“Ho scritto alcune poesie e ho visto il mare e ho pianto”.
Giovane. Giovane se sapessi congedarmi in tempo, prima che
un’inerzia di viscere palpitanti, un freddo nelle linee della
mano, urgente e fragile, ci segni le ossa.
Vorrei tornare indietro e vederlo. Non direi nulla. Chi sono io per
denigrare le fatiche dei giorni.
E solo gli dei creano, dissero, ma tu puoi distruggere cose
eterne.
Vai avanti. Questo è il tempo del raccolto, del metallo che sibila,
del frutto che ha il sapore dolce della morte.
L'ho cercata in tanti volti. Ebbro di vita, offrii la
terra delle mie tasche e le cicatrici dei miei avambracci. Ma
la musica è sempre più antica. Da tempo ho dimenticato
come si canta la primavera, e sogno il succo che accende di riflessi le mie labbra.
Lasciate che posi il capo sul muschio fresco, quasi fosse
un’altra notte. Lasciate che maggio ritorni.
A chi può importare.
Lasciatemi dire
che ho scritto delle poesie,
che ho visto il mare
e, come te, ho pianto.
Il mio nome è il nome di chiunque. Anche io amai la
vita e ne divorai i doni.
Lasciate ora che diventi mia,
ora
che i frutti sono ancora appesi al ramo
e offrono la dolcezza
delle cose che separa dalla morte
una parola soltanto,
la più bella parola ancora.
(De Canciones de la tierra y otros poemas. Editorial Buenos Aires Poetry, 2026)
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