sabato 17 aprile 2021

MATERIAL INFLAMABLE/MATERIALE INFIAMMABILE

( Visión de Caravaggio/Visione del Caravaggio)

de/di Santos Domínguez Ramos

(trad. Marcela Filippi)


Alguien sostiene un foco de luz caliente y roja

sobre los figurantes. Al fondo flota un lienzo

y pende el terciopelo sobre la sangre helada

que enciende el paño blanco de lino incandescente.


Con desprecio de estatuas y atención a los hombres,

en las criptas secretas he visto arder la vida,

el bronce, el filtro, el pulso

venéreo de los falos

y un enigma de fuentes y de frutas incisas.


Ni invención ni decoro. En las horas azules

frecuenté las tabernas ácidas del deseo,

el lupanar infecto donde la carne afirma

su furia inoculada en las bocas frutales,

en las uvas lascivas, en las ingles plebeyas.


La dura luz se enfría en el cielo de estaño

y es un teatro de sombras, es el final del pulso

que vacila en las lámparas de una cámara oscura

donde un telón amansa su geometría tajante.


Porque nace del tiempo y vuelve a la certeza

indigente de un cuerpo ganado en un relámpago

y hay gestos contenidos, amagos incipientes

y muecas sorprendidas del dolor pordiosero.


Bajo la pertinencia de una luz clandestina

se amansa el sedimento del bermellón o el vino.

La ebriedad de la calle envenena al geómetra

y en su trasiego de órbitas renacerá el sarmiento,

la cólera, el color, las colgaduras.


Desnudo el escenario, desnudo el personaje,

desnudas las pasiones que un estertor denuncia,

su sangre persuadida, sus cigarras de fuego,

la innoble quemadura de su áspera argamasa.


En el perfil incierto del día que se avecina

los músicos callados preparan la trompeta

de los últimos tiempos.


Los muchachos nefandos, los jóvenes perversos

con fogoso artificio, los plebeyos estragos

de la decrepitud sobre la carne enferma.


Es transparente el lienzo y el otoño es ahora

esta mesa con frutos de colores intensos.

Al fondo de la sala, coronado de hiedra,

un ángel descarado toca un violín lascivo.


En la consolación del canto arrecian ya los últimos

reductos de la tarde. En la muerte del ángulo

su tregua calla y dura. ¡Oh, cómplice del tedio!


Es el ángel penúltimo que viene a recordarnos

que nada nos asiste sino un tiempo pautado,

como la partitura precaria que interpreta.


Qualcuno sorregge un faro di  luce calda e rossa 

sui figuranti. Sullo sfondo fluttua una tela

e pende il velluto sopra il sangue freddo

che accende  il panno di lino bianco incandescente.


Con disprezzo per le statue e attenzione  per gli uomini,

nelle cripte segrete ho visto ardere la vita 

il bronzo, il filtro, il palpito

venereo dei falli

e un enigma di fonti e frutti incisi.


Né invenzione né decoro. Nelle ore blu

ho frequentato le acide taverne del desiderio,

il lupanare infetto dove la carne afferma

la sua furia inoculata nelle bocche fruttate,

nelle lascive uve, negli inguini plebei.


La dura luce diventa fredda nel cielo di stagno

ed è un teatro di ombre, è la fine del palpito

che vacilla nelle lampade di una camera oscura

dove una tenda doma la sua geometria sferzante.


Perché nasce dal tempo e torna alla certezza

indigente di un corpo assoggettato in un lampo

e ci sono gesti contenuti, amari incipienti

e smorfie sorprese dal dolore mendico.


Sotto la pertinenza di una luce clandestina

il sedimento del vermiglio o del vino si ammansisce.

L'ebbrezza della strada avvelena il geometra

e nel suo moto di orbite rinascerà il tralcio,

la rabbia, il colore, le sospensioni.


Nudo lo scenario, nudo il personaggio

nude le passioni che uno stertore denuncia,

il suo sangue persuaso, le sue cicale di fuoco,

l'ignobile bruciatura della sua ruvida malta.


Nel profilo incerto del giorno che si avvicina

i musicisti in silenzio preparano la tromba

degli ultimi tempi.


I ragazzi nefandi, i giovani perversi

con ardente artificio, le ferite plebee

di decrepitezza sulla carne malata.


La tela è trasparente e l'autunno è ora

questo tavolo con frutti dai colori intensi.

In fondo alla stanza, coronato di edera,

un angelo spudorato suona un violino lascivo.


Nella consolazione del canto, già divampano gli ultimi 

avamposti della sera. Nella morte dell'angolo

la sua tregua tace e dura. Oh, complice del tedio!


È il penultimo angelo che viene a ricordarci

che nulla ci assiste se non un tempo scritto,

come la partitura precaria che interpreta. 


venerdì 16 aprile 2021

EL PODER DEL VIENTO/IL POTERE DEL VENTO

de/di Juan Carlos Mestre

(trad. Marcela Filippi) 


El viento de otoño el viento que arrastra restos de espino y lágrimas desnudas hasta detrás

de los vagones donde los machos manosean prostitutas jóvenes mientras las madrinas

cosen botones sin saber qué astro ha caído del cielo y a nadie le corresponde el encargo de

embellecer la tierra y considerarse en algo semejante a los pájaros. El viento que toca con

dedos de bakelita las cosas que dejaron de ser santas que dejan de preguntarse para qué

sirven y tras la amputación y la farsa y todo eso del reparto las entregas al coleccionista. Es

el viento el que vuelve histéricos a los ángeles y a las hermanas que recogen bajo la

banqueta el carbón quemado de sus hijas. El viento malintencionado con su olor a jarabe y

a vergüenza cuando golpea las cancelas y los malandros regresan a la propiedad con los

puños ensangrentados. Es el viento sin nombre sobre las colchas negras y la médula de los

carneros el viento de otoño sobre las agriculturas de la muerte.


Il vento d'autunno, il vento che trascina resti di spino e lacrime nude fino a dietro

i vagoni dove i maschi palpeggiano giovani prostitute mentre le madrine

cuciono bottoni senza sapere quale astro sia caduto dal cielo e a nessuno corrisponde l'incarico

di abbellire la terra e di considerarsi simile agli uccelli in qualcosa. Il vento che soffia con

dita di bachelite  le cose che hanno cessato di essere sante che smettono di chiedersi a cosa

servono e dopo l'amputazione e la farsa e quanto della distribuzione le consegni al collezionista. È

il vento che rende isterici gli angeli e le sorelle che raccolgono sotto la

panchetta il carbone bruciato delle loro figlie. Il vento malintenzionato con il suo odore di sciroppo e

di vergogna quando colpisce i cancelli e i malviventi tornano nella proprietà con i

pugni insanguinati. E' il vento senza nome sulle coltre nere e il midollo dei 

montoni il vento d'autunno sulle agricolture della morte.



                                                                                                (De La poesía ha caído en desgracia)

VACA SOLA/VACCA SOLA

 de/di José Ramírez Lozano

(trad. Marcela Filippi)


Hay una vaca enorme aquí en mi sueño

que pasta entre las tumbas.

Una vaca que ignora el himno de los mártires,

el ciclo de las témporas

y que apedrean los deudos cuando acuden

con su hebra de luto y sus flores de plástico.


Sobre su piel dibuja el mundo

los negros continentes, los océanos blancos.

Y ella ignora su peso, la deuda de los días,

el signo que el destino ha escrito en su testuz

y que sólo los hombres logran interpretar.


Su mugido es oscuro, como el turbio

acecho de la ira, la cuerna del hondero.

Y convoca en agosto las tormentas de azufre,

los tábanos de fuego que pregonan

el lubricán del juicio, ese arrecife último

de las generaciones.


Ella ignora la promesa de Dios,

pero se deja, mansa,

ordeñar por el ángel de la desolación

mientras camina lenta,

arrastrando sus ubres, el hilo de su leche

sobre las matas verdes de ortiga y achicoria,

sobre las tumbas negras que aguardan todavía

el vano despertar, el alba de la carne.


C'è un'enorme vacca qui nel mio sogno

che pascola tra le tombe.

Una vacca che ignora l'inno dei martiri,

il ciclo delle tempora

e che i congiunti quando arrivano lapidano

con il loro filo di lutto e i loro fiori di plastica.


Sulla sua pelle disegna il mondo

i continenti neri, gli oceani bianchi.

Ed essa ignora il suo peso, il debito dei giorni,

il segno che il destino ha scritto sulla sua fronte

e che solo gli uomini possono interpretare.


Il suo muggito è scuro, come la torbida

minaccia della rabbia, il corno del fromboliere.

E convoca in agosto le tempeste di zolfo,

i tafani di fuoco che proclamano

il tramonto del giudizio, quello scoglio ultimo

delle generazioni.


Essa ignora la promessa di Dio

ma, mite, si lascia 

mungere dall'angelo della desolazione

mentre cammina lentamente,

trascinando le sue mammelle, il filo del suo latte

sui cespugli verdi di ortica e cicoria,

sulle tombe nere che attendono ancora 

il vano risveglio, l'alba della carne.


                                                                                                        (de La sílaba de ónice)



N.B.: La vaca es una metáfora de España 

          La vacca è  una metafora della Spagna

giovedì 15 aprile 2021

SUPONGO QUE CRECER DEBE SER ALGO DE ESTO/SUPPONGO CHE CRESCERE DEBBA ESSERE QUALCOSA DEL GENERE

de/di María Ángeles Pérez López

(trad. Marcela Filippi)


Supongo que crecer debe ser algo de esto.


Supongo que ha de ser el largo aprendizaje

de mirar cada cosa tantas veces

como para cubrir su superficie

de rutina

o costumbre

que sabe de antemano el gesto, ese ritual

del ojo, de la boca

en su risa inicial, en la lejana.


Supongo que ha de ser el largo aprendizaje

de mirar desde atrás, desde debajo

para dejar así manoseada

la cosa que miramos, la persona,

traspasada, capturada por el ojo

que se aburre y se espanta, y no revive

la fuerza insoportable de la herida,

tijera,

afilada tijera

contra el cordón umbilical,

la que establece nuestra propia autonomía

celular, sentimental, respiratoria,

nuestra capacidad estrictamente personal

para el desastre, 

el estallido

o la deflagración.


La que me nombra dueña de mi baúl de sombras,

de mis aperos, mi lápiz 

despuntado,

del uno que quiere copular y sumarse

pero se queda en sí y mira desde dentro

la determinación de la materia.


Suppongo che crescere debba essere qualcosa del genere.


Suppongo che debba essere il lungo apprendimento

di guardare ogni cosa tante volte

come a voler coprire la sua superficie

di quotidiano

o di abitudine

che il gesto sa in anticipo, quel rituale

dell'occhio, della bocca

nella sua risata iniziale, in quella lontana.


Suppongo che debba essere il lungo apprendimento

di guardare da dietro, da sotto

per lasciare così palpeggiata

la cosa che guardiamo, la persona,

trafitta, catturata dall'occhio

che si annoia e si spaventa e non rivive

la forza insopportabile della ferita,

forbice,

affilata forbice 

contro il cordone ombelicale,

quella che stabilisce la nostra propria autonomia

cellulare, sentimentale, respiratoria,

la nostra capacità strettamente personale

per il disastro,

lo scoppio

o la deflagrazione.


Quella che mi nomina padrona del mio baule di ombre,

dei miei utensili, la mia matita

spuntata,

dell'uno che vuole copulare e sommarsi 

ma rimane in sé e guarda da dentro

la determinazione della materia.



                       (de Catorce vidas y una más. Poesía reunida 1995-2012. Diputación de Salamanca, 2020)


UNA CAMPANA MUDA/UNA CAMPANA MUTA

 de/di Santos Domínguez Ramos

(trad. Marcela Filippi)


Comparece en el aire sutil de los crepúsculos 

un sigilo compacto de peces y una ausencia 

de péndulos sin cuerda y relojes parados.


Sobre el vacío cóncavo de ese instante callado, 

cae el silencio cerrado de una campana muda 

que pesa sobre el mundo como pesa una losa.


Parado sobre el agua,

el silencio del viento deposita en la sombra 

la lentitud azul de la tarde sin nombre,

la rosa de cristal que empaña la memoria 

en los vitrales altos de la lluvia.


Y el tiempo se disuelve en el espacio

como el agua que llueve sobre el curso de un río 

y huye hacia el mar de sombras de la tarde.



Appare nell'aria sottile dei crepuscoli

un mistero compatto di pesci e un'assenza

di pendoli senza corde e orologi fermi.


Nel vuoto concavo di quell'istante silenzioso,

cade il silenzio chiuso di una campana muta

che pesa sul mondo proprio come pesa una pietra.


Immobile sull'acqua,

il silenzio del vento deposita nell'ombra

la lentezza blu della sera senza nome,

la rosa di cristallo che appanna la memoria

nelle alte vetrate della pioggia.


E il tempo si dissolve nello spazio

come l'acqua che piove sul corso di un fiume

e fugge verso il mare d'ombra della sera.


                              (de Regulación del sueño. Premio Poesía Flor de Jara. Diputación de Cáceres 2020)

CAVALO MORTO

de/di Juan Carlos Mestre

(trad. Marcela Filippi)

                                                                                                                     A Úrsula y Antonio Pereira

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un poema de Lêdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas,posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.


Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Lêdo Ivo es un hombre viejo que viveen Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca yvuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandorde otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura yhay una sola calle forrada con tela de gabardina.


Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un lugar que existe en un poema deLêdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluviaheridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como silas   nubes   fuesen   un   regalo   de   Navidad   y   los   felices   y   los   infelices   suben   directamente   a   loshipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.


Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un poema de Lêdo Ivo es el amante deun reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente eslo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aun así se amaron y salen delbrazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para eltimbre de las bicicletas.


Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Lêdo Ivo es una escuela llena depinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lêdo Ivo es un enfermero que venda las olas yenciende   con   su  beso   las   bombillas   de   los  barcos.   En   Cavalo  Morto   todas   las   cosas   perfectaspertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezassonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.


Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. En Cavalo Morto cuando muere uncaballo se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lêdo Ivopara que lo resucite, cuando muere Lêdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite.Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es uncementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.


Cavalo Morto è un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo. Una poesia di Lêdo Ivo è una lucciola che cerca una moneta smarrita. Ogni moneta perduta è una rondine di spalle, posata sulla luce di un parafulmine. All'interno di un parafulmine c'è un ronzio di api preistoriche attorno a un'anguria. In Cavalo Morto le angurie sono donne sonnolente che hanno in mezzo al cuore il suono di un mazzo di chiavi.


Cavalo Morto è un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo. Lêdo Ivo è un uomo vecchio che vive in Brasile e appare nelle antologie con una faccia da pazzo. In Cavalo Morto i pazzi hanno ali da mosca e mettono di nuovo nella loro scatola i cerini bruciati come se fossero parole sfiorate dal bagliore di un altro mondo. Un altro mondo è il fondo di un bicchiere, un luogo dove il rettilineo ha la forma di un ferro di cavallo e c'è un'unica strada rivestita di gabardine.


Cavalo Morto è un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo. Un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo è un fiume che si leva presto per andare a fabbricare l'acqua delle lacrime, piccole bugie di pioggia ferite da un aculeo di acacia. In Cavalo Morto gli aerei legano con nastri di vapore il cielo come se le nuvole fossero un regalo di Natale e i felici e gli infelici salgono direttamente agli ippodromi eterni lungo la scaletta dell'inanellatore di gabbiani.


Cavalo Morto è un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo. Una poesia di Lêdo Ivo è l'amante di un orologio solare che abbandona in punta di piedi gli ostelli del mattino seguente. Il mattino seguente è ciò che si sarebbero detti quelli che non sono riusciti mai ad incontrarsi, quelli che malgrado ciò si  sono amati ed escono a braccetto con la brezza della sera per festeggiare il compleanno degli alberi e scrivono partiture per il campanello delle biciclette .


Cavalo Morto è un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo. Lêdo Ivo è una scuola gremita di fringuelli e un timoniere che canta nel piattino di latte. Lêdo Ivo è un infermiere che benda le onde e accende col suo bacio le lampare delle barche. In Cavalo Morto tutte le cose perfette appartengono a qualcun altro, così come il dado delle stelle marine appartiene al saccheggiatore delle teste sonnambule e il postino delle rose della domenica alla coroncina di luce delle domestiche.


Cavalo Morto è un luogo che esiste in una poesia di Lêdo Ivo. In Cavalo Morto, quando muore un cavallo, Lêdo Ivo viene chiamato affinché lo resusciti, quando muore un evangelista, Lêdo Ivo viene chiamato affinché lo resusciti, quando muore Lêdo Ivo, chiamano il sarto di farfalle affinché lo resusciti. Prestatemi ascolto, i bei ricordi sono fugaci come gli scoiattoli, ogni amore che finisce è un cimitero di abbracci e Cavalo Morto è un luogo che non esiste.


                                                                                                                                        (de La casa roja)

martedì 13 aprile 2021

BREVE BIOGRAFÍA DE RAMÓN MÉNDEZ, ALIAS “MI PADRE”/BREVE BIOGRAFIA DI RAMÓN MÉNDEZ, ALIAS "MIO PADRE"

de/di Juan Carlos Méndez Guédez
(trad. Marcela Filippi)


En la infancia tuve siete padres y todos se llamaban Ramón Méndez.


Desde muy pequeño, cuando me preguntaban por él, contaba su vida con abundancia de
detalles.

Comprendí luego que los datos no siempre coincidían; algunos eran ciertos, otros eran intuiciones, la mayor parte de ellos derivaban de las palabras que yo tuviese a mano en cada momento.

Nuestra historia común era demasiado breve como para aspirar a la coherencia. Me abandonó cuando yo era un bebé de pocos meses y sólo coincidimos en un breve acto legal que no es importante para esta narración.

De él, conservaba apenas un par de fotos; una con su uniforme de gala; blanco, con cordones dorados; otra de civil, con un traje marrón y una corbata mal anudada. Tal vez debido a esas fotos uno de mis siete padres era un sub-oficial del ejército. Y cierto es que la figura de ese militar resultaba la más próxima a la verdad (con el detalle de que según mi versión había sido condecorado por enfrentar a las guerrillas de los años sesenta), pues en otras ocasiones mi padre era marinero y vivía moviéndose en barco por el mundo transportando mercancías. En una tercera historia yo señalaba que había sido un piloto de avión que intentó evitar el bombardeo de La Moneda cuando el golpe contra Allende. Y también en ciertos momentos fue boxeador; un hábil peso welter que solía combatir en Nueva York y que tarde o temprano tendría una oportunidad para luchar por el campeonato contra Sugar Ray Leonard. Hacia la adolescencia, Ramón Méndez se transformó en un agente de inteligencia del CESID español; en un cantante de rancheras que vivía en Guadalajara dando conciertos para un selecto público; y finalmente, en un acaudalado hacendado en Apure que poseía miles de cabezas de ganado y paseaba a caballo por sus miles de hectáreas.

Ahora que lo pienso, cada una de esas mutaciones no hablaban de él. El modo en que yo lo construía supongo corresponde a momentos de mi vida que olvidé y que ya no importan. Mutaba, mutábamos. Pero había una fijeza: su nombre. Podía describirlo de mil maneras diferentes pero siempre le coloqué su nombre real como un único indicio,
como la escasa coherencia que él podía otorgarme.

Por eso, cuando hace semanas yo caminaba por la calle Jugo de Maracaibo y trataba de localizar un lugar donde beberme una limonada, no supe muy bien qué hacer con esa figura renqueante que pasó a mi lado gritando versículos de la Biblia.


Dudé. La luz. El calor. El sol zumbando en mis sienes. La sed clavada en la garganta como un pico de botella.

Lo seguí unos metros. Adiviné su espalda; las manos inmensas, los pies pequeños; luego caminé delante de él, distinguí su frente, sus lentes de miope. Al llegar a una esquina lo dejé pasar: una sombra de aire encerrado y loción de afeitar cubierta por ropas ajadas. Apoyé la espalda en una pared. Me había pasado en muchos lugares del mundo; creía reconocerlo y luego descubría que se trataba de otra persona. Supuse que se trataba de una nueva confusión hasta que en una plaza vi que dos hombres lo saludaron a gritos pronunciando su nombre.

Regresé al hotel Kristoff. Me eché en la cama y puse el aire acondicionado a una temperatura tan baja que me tembló la mandíbula. Quise dormir, pero al final tomé notas de trabajo   en mi cuaderno.   Había venido a   la ciudad para  impregnarme  del ambiente con que se iniciaría la serie de televisión que tres prestigiosos guionistas estaban preparando para una productora. Una historia de fronteras, narcos, guerrillas, cuyas acciones saltarían entre Maracaibo, Medellín, Ciudad Juárez y Miami. Nada que no se hubiese escrito o  grabado antes, pero que   por eso mismo  contenía grandes posibilidades de éxito. 

Con los años yo me había resignado a mi talento. Un talento muy concreto. Nadie era mejor que yo escribiendo un programa piloto. Los mejores guionistas en español o en inglés me contrataban para que escribiese ese capítulo inicial. Luego ellos continuaban el trabajo. Al parecer, mi habilidad se fatigaba al extenderse. El cansancio, y la abulia me tomaban cuando me tocaba escribir seis, doce, diez, treinta capítulos. Eso era lo que se afirmaba en el medio, y por eso desde años atrás nadie me pedía formar parte estable de un equipo. Yo era el mejor abriendo una historia, pero allí debía abandonarla en mejores manos. 

Ganaba buen dinero por ello. Yo era el encargado de abrir mundos que jamás cerraría. No albergaba quejas, ni aspiraciones. Y además esta vez, la nueva serie me permitió darme un salto a Venezuela, el lugar de dónde me había marchado hacía muchísimo tiempo. 

Mentiría si dijese que esperaba tropezar con mi padre. Cuarenta años habían pasado desde   la   última   vez   que   nos  vimos.   Mentiría   si   dijese   que   no   esperaba   que   una coincidencia   nos   acercase.   Pero   en   los   breves  momentos   en   que   imaginaba   ese encuentro el escenario siempre era Caracas, la ciudad donde crecí, donde vivía mi padre cuando conoció a mamá y la llenó de falsas promesas hasta dejarla tirada con un bebé de pocos meses.

Abrí mi ordenador. Pedí que me subieran una limonada muy fría a la habitación y durante unos instantes pensé si sería posible escribir una historia sobre mi padre; una historia personal, íntima, algo para mí, algo que no fuese un piloto pagado en dólares por unos ejecutivos de México o de Los Ángeles. 

“Ramón Méndez nació en un pueblo del estado Mérida en 1932. Sub oficial del ejército, en algún momento de los años sesenta recibió la oferta de incorporarse a la Academia militar para graduarse como oficial pero prefirió realizar estudios de nutrición en la universidad,   y   como   decía   con   patético   orgullo,   fue   el   primer   dietista   hombre  de América Latina. 

Sus tareas en las fuerzas armadas se ciñeron a vigilar la correcta alimentación de la tropa. En los años ochenta, cuando había alcanzado el rango de Maestro Técnico de Primera, no pudo justificar cierto desvío de dinero en las cuentas de la cocina del cuartel por lo que sus superiores le exigieron solicitase la baja del ejército”. 

Miré mucho rato la pantalla y comprendí que no había mucho más que contar. Al menos yo no tenía mucho más para contar después de años de infructuosas búsquedas. Ya no valían las insólitas vidas que yo le había inventado en el colegio o en el Instituto para sorpresa de esos compañeros míos que siempre tuvieron la gentileza de no advertir las contradicciones de mis historias. 

Me eché en la cama y estuve un rato chateando con Ninoska, una de mis mejores amigas. Le conté lo sucedido. Pareció intrigada, pero luego me confesó que su propio padre se encontraba enfermo en un hospital de Lima. Le di ánimos y envié saludos a aquel   hombre   al  que  había   conocido   en  mis  tiempos  universitarios:  un   corpachón sonriente que solía invitar a los amigos de Ninoska a maravillosas parrillas en el patio de su casa. 

Cerré los ojos para dormir. 

Lo mejor era apretar mis sesiones de trabajo y largarme de inmediato de Venezuela. Quizá a Perú, para ver a mi amiga, quizá a México para reunirme con los guionistas que me habían contratado. Largarme pronto. Ya. 

Al día siguiente me coloqué en el mismo punto de la calle Jugo. Frente a mis ojos una casa   resplandecía  con   un  penetrante   color   uva;   desde   las   otras   fachadas   brotaban resplandores amarillos, violetas, magentas, verdes. Durante unos instantes  me sentí como una gota de aceite en la que estallaban tonalidades cálidas, colores de fuego y agua. 

Lo vi acercarse de nuevo; llevaba la misma ropa del día anterior, pero esta vez no daba gritos sino que apretaba entre sus manos una Biblia mugrienta. Se detuvo a tomar aire. Por su cojera, comprendí que tenía algún problema en la cadera o en las rodillas. Sonreí. Sería tan fácil darle un empujón y dejarlo tirado en la calle como una de esas cucarachas que permanecen boca arriba, impotentes, desesperadas. 

El sol pareció arder sobre las nubes. Una llamarada gélida recorrió mi espalda cuando Ramón Méndez se detuvo a mi lado y me miró. No soporté la opacidad, la niebla cansada de esos ojos pequeños. Estuve a punto de correr, pero él sonrió unos instantes y luego retomó su camino. Las piernas me temblaban. 

Regresé al hotel y tomé un montón de notas para el programa piloto. Trabajé horas y horas. Sólo me detuve para beber un par de limonadas y ducharme. Esa noche, cuando se fue apagando el cielo, sentía que acababa de subir y bajar una inmensa montaña. 

Hablé con Ninoska para saber sobre la salud de su padre. Dijo que continuaba estable en su gravedad. Le conté luego lo que había sucedido en la calle Jugo; me advirtió que a lo mejor Ramón Méndez me había reconocido. Salté al pensar en esa posibilidad. Después mi amiga susurró que debería abordarlo y hablar con él; por lo que describía sobre sus ropas quizá necesitaría dinero y como un gesto de reconciliación yo podía dárselo. Reí. Podía ser cierto, pero según me contó mamá, Ramón Méndez solía guardar billetes en un calcetín viejo. Gastaba muy poco y jamás echaba mano de esos ahorros aunque la situación de casa lo requiriese con urgencia. 

Cuando se marchó, no dejó ni un bolívar en casa. Tampoco realizó un solo giro o hizo llegar algún regalo. Años después, un abogado y un juez lo obligaron a pasar una mensualidad miserable que llegó de forma discontinua y que desapareció por entero el mes que me hice mayor de edad.

No. Lo juro. No estaba en mis planes responder a su miseria con generosidad. 

Esa noche puse un bromazepan bajo mi lengua; me quedé dormido mirando series en la tele. 

Dormí la mañana entera y al mediodía contraté un taxi para que me llevase a Punta de Piedra; un pueblo desde el que podía contemplarse el puente sobre el lago de Maracaibo y la silueta de la ciudad. Era un sitio perfecto para algunas escenas en la que los protagonistas podían conversar sobre sus planes. Comí chivo en coco; bebí algunas cervezas y tomé muchas notas. 

Estuve mucho rato mirando el puente: sus líneas perfectas, esa solidez en la que parecía flotar   sobre   las  aguas.   Luego   contemplé   el   lago.   Me   dijeron   que   estaba   muy contaminado pero eso no podía adivinarse al mirar el parpadeo de sus pequeñas olas, de sus corrientes: atmósferas de zafiro y cuarzo, metales derretidos, cremosidad de tierra batida y espuma. Durante instantes, el tiempo desapareció y solo estuve detenido en la persistencia del agua. El lago respiró dentro de mí: sus colores, su rumor, su extensión que parecía crecer hacia el cielo. 

Recordé la leyenda de los indios Arawak. Allí se afirmaba que antes del lago existía en ese punto una frondosa selva, hasta que un día, indignado porque su hija había dejado de cuidarlo y se había marchado con un cazador a recitar versos, el dios del lugar abrió la tierra con tal fuerza que los ríos y el mar entraron con inmenso poderío y sepultaron a todos  los  seres  que poblaban   esa tierra.     Por eso   motivo, ahora  el lago  tiene una sonoridad propia que no es la del mar ni la de las corrientes fluviales; una sonoridad susurrante que recuerda las voces de la hija del dios y de su amante.

Regresé a la calle Jugo. Perduraba en mí la visión del agua, sus voces húmedas, solares. Era como si todos esos dioses que alguna vez vivieron dentro del lago hubiesen dejado en mí una pequeña señal de silencio. Quería vaciarme de palabras. No pensar; no decir. Quizá por eso mi mirada se adhirió a la figura de Ramón Méndez cuando apareció en la calle. Esta vez caminaba con mayor lentitud, como si el dolor de los huesos lo estuviese atormentando más que nunca. Por segundos, pensé en contarle que alguna vez fue un hacendado, un piloto de avión, un boxeador de peso welter, un marinero, un espía, un cantante de rancheras, un militar heroico. Decirle sólo eso y largarme. Dejarlo con la perplejidad de descubrir que dentro de su mezquino cuerpo convivieron las muchas personas que su ausencia trazó dentro de mis palabras. Deseaba asomarlo al terror de ser también la hechura de mis historias; el agujero rellenado con frases sueltas que le fui colocando capa tras capa. Imaginé que si le hablaba y le contaba eso, las siguientes noches no dormiría pensando que todos esos fantasmas vivían dentro de él, reclamando un espacio, devorándolo.

Pero cuando pasó a mi lado, Ramón Méndez se detuvo, me tomó por los dos brazos y dijo con voz asmática: “Hijo mío, hijo mío…Cristo, te ama. No lo olvides, Cristo te ama”.

Lo vi marcharse. Quise respirar hondo, pero el aire palpitaba como fuego.

No hubo tiempo para confusiones o dudas porque en la siguiente esquina tropezó con una mujer que llevaba una minifalda azul y una camiseta blanca y también le gritó: “hija mía, hija mía, Cristo te ama”. 

Esa noche hablé un buen rato con Ninoska. No le conté nada de lo sucedido. Ella parecía ausente. Me refería con palabras lentas los comentarios de los médicos. Malas noticias;  pésimas  previsiones.  Su  padre  se consumía en una cama, lejano,  ausente, recorrido tan sólo por quejidos que de tanto en tanto brotaban de su boca como una señal de rendición y derrota. 

- ¿Sabes qué hizo cuando muy pequeña tuve una neumonía?- acotó-, me llevó a su
cuarto y me acostó al lado de mi madre, y él se sentó en una silla para vigilar toda
la noche, cada noche. No durmió durante días. Yo lo veía con los ojos enrojecidos
y el rostro demacrado, acariciando con cansancio el termómetro y las medicinas. 

Bajé al restaurante del hotel y continué tomando notas. Comí un sándwich y bebí una gaseosa. A mi lado, una pareja de canadienses hablaba entre ellos. Escuché que la mujer le contaba al marido la historia de la Virgen de Chiquinquirá. Al parecer, en el siglo XVIII una lavandera encontró una tablita en el lago y al llevarla a casa descubrió la milagrosa imagen de la virgen, por lo que ahora Maracaibo la adoraba en la principal iglesia de la ciudad. 

“El   lago,   el   lago”,   pensé,   y   pude   contemplar   esa   superficie   de   agua   como   una palpitación enferma que acompañaba a la ciudad, que la reflejaba y la volvía un temblor húmedo.  Desde allí, antes, ahora, surgían los dioses que acompañaban el lugar. 

Esa misma noche soñé que mi padre y yo caminábamos en el fondo del lago; envueltos en burbujas, en petróleo, en arena. Al despertar, corrí al baño y escupí varias veces: un amargo sabor de sal me llenaba la boca. 

Caminé por las calles que frecuentaba Ramón Méndez pero a horas distintas a las que él solían transitarlas. Hablé con algunas personas; logré sacarl algunos datos. El anciano vivía con una prima y se había convertido en evangélico desde hacía un par de años. A partir de ese momento recorría las plazas para predicar la palabra y amenazar a las personas con los infinitos males que caerían sobre la ciudad si ellos no se redimían. Sonreí. Mi padre había conocido la salvación; lástima que yo nunca entré en ella. 

En la tarde visité el Hotel Baralt. Un lugar en ruinas; lleno de habitaciones oscuras, colchones  llenos   de   orine,  semen,   heces.   En   un   pasillo   encontré   una   máquina   de escribir. La acaricié con la yema de mi dedo. A un lado, las ventanas se encontraban cubiertas por cartones agujereados.

La luz en ese lugar se transformaba en  textura de vidrio sucio, de tela polvorienta. Era un sitio perfecto para ubicar allí un crimen que diese pie a buena parte del programa piloto. 

Le pedí al taxista que diese una vuelta por la ciudad. Íbamos con el aire acondicionado al máximo, pero un zumbido recorría mi cabeza de punta a punta. Pensé en mi padre; pensé en el Hotel Baralt. Soné mí nariz con un pañuelo. Un olor a encierro, agua empozada y loción de afeitar inundó el carro.

Cuando llegué a mi habitación en el Kristoff encendí otra vez el ordenador. Creía tener una buena idea para un cuento. Una mañana, el empleado del Hotel Baralt descubría que durante la noche se habían suicidado siete personas en distintas habitaciones. Un militar retirado, un boxeador, un espía, un ganadero, un piloto, un cantante de rancheras, un marinero.   Quedé   un   buen   rato   frente   a   la   pantalla.   Sólo   alcancé   a   escribir:   “Al amanecer, el sol pareció hundirse en las aguas del lago…”. 

Hablé otra vez con Ninoska. Me costó descifrar sus frases entrecortadas. Mezclaba tiempos, historias. Su padre empeoraba. Tan sólo comprendí que un sacerdote había pasado esa mañana para visitarlo. 

La mañana siguiente volví a Punta de Piedra. 

Caminé un trecho hasta que la proximidad del lago me detuvo junto a dos árboles. Apoyé mis manos en los troncos. Miré a los lados, miré a mis espaldas. El sol rechinaba sobre la tierra. No vi ni un alma. Un aire cálido arañó mi rostro. Contemplé el lago y me arrodillé. 

“Si necesitan llevarse a alguien; si es necesario que el tiempo se cumpla otra vez en una persona,   les   ofrezco   a   Ramón   Méndez.   Él   y   sus   siete   vidas   inútiles   ya   pueden marcharse; llévenselo a él y dejen en paz al padre de Ninoska”.

Lo que dije fue   mucho   más largo.  Estuve   un   rato   balbuceando   palabras,   como   si estuviese tirando de un hilo que se resistía. Varias veces me detuve a tomar aire; la atmósfera: pesada, viscosa, burbujeaba en mis pulmones. Rezar para mí era difícil. No tenía fe; jamás la tuve. Por eso pensaba que mi gesto podía ser aún más valioso. Para los creyentes el rezo es una comunicación natural; para mí era un acto impropio; rezaba contra mí mismo; a pesar de mí mismo, como si esas palabras fuesen una botella lanzada al agua con un mensaje que buscaba una remota respuesta.

Apreté los párpados. Mis manos unidas hicieron fuerza hasta que me hice daño en los dedos.  El lago, apacible, brillaba en sus orillas con espumas plateadas. 


- ¿Vos sabéis dónde está Rafito?

La mujer se detuvo junto a mí, acomodó el montón de bolsas que llevaba en la mano y siguió conversando por el móvil. Durante varios segundos continuó preguntando por una persona. Resoplaba furiosa, iracunda. Me miró de reojo. Continuó caminando y escuché con nitidez el ruido de sus tacones alejándose.

Apoyé mis manos en la pared color uva. Sentí el calor recorriendo mis dedos. Miré la hora. Volví a mirarla.  Necesitaba una  limonada en los próximos  minutos pero era necesario   esperar.   Una   bandada   de   guacamayas   atravesó   el   cielo:   pensé   en   letras coloridas flotando sobre una página, moviéndose como frases oleosas, escurridizas. 

Lo vi. Una vez más.

Ramón Méndez giró en la esquina. Me observó y cruzó la calle para no pasar a mi lado. Al otro lado de la acera alzó la Biblia y gritó: “Cristo te ama, Cristo te ama”.  Parecía tener menos dolores en el cuerpo porque su paso fue rápido y me recordó a un potrillo. Lo miré mucho rato. Se fue haciendo pequeño hasta que el sol reverberante lo envolvió en una luz blanca y ya no pude distinguir su silueta.

Regresé a mi hotel. Pregunté a los botones si era posible mirar el lago desde alguna de sus ventanas y me advirtieron que no. Pedí que me subieran una limonada con mucho hielo. En la habitación me quité la ropa y la lancé sobre un sofá. Permanecí en la orilla de la cama mucho rato. Sin moverme. 

Una llamada sonó en mi móvil. Ninoska. Supe lo que iba a contarme. Lo dejé sonar y sonar. Llamó tres veces más pero no respondí. Luego entré a Internet y compré un billete para México DF.   Un botones tocó mi puerta y me entregó la limonada. La coloqué en una mesa. La dejé allí, sin probarla, hasta que sus hielos se derritieron y se convirtió en una sopa ácida.  

Hundí los dedos en el vaso. Miré mis ropas deshechas, tiradas en desorden.

Imaginé el lago: agua hueca, agua sin fondo, agua sorda. Un abismo en el que ahora sólo vivían burbujas.


BREVE BIOGRAFIA DI RAMÓN MÉNDEZ, ALIAS "MIO PADRE"

Nella mia infanzia ho avuto sette padri e tutti si chiamavano Ramón Méndez.
Fin da molto piccolo, quando mi chiedevano di lui, raccontavo la sua vita con abbondanza di dettagli.
In seguito compresi che i dati non sempre coincidevano; alcuni erano veri, altri erano intuizioni, la maggior parte dei quali derivavano dalle parole che avevo a portata di mano in ogni momento.
La nostra storia comune era troppo breve per poter aspirare ad essere coerente. Mi ha abbandonato quando ero un bambino di pochi mesi e abbiamo coinciso solo in un breve atto legale che non è importante per questa narrazione.
Di lui, conservavo appena un paio di fotografie; una con la sua uniforme di gala; bianca, con cordoni dorati; un'altra in borghese, in abito marrone e una cravatta annodata male. Forse a causa di quelle foto uno dei miei sette padri era un sottufficiale dell'esercito. Certo è che la figura di quel militare risultava essere la più vicina alla verità (con il particolare che, secondo la mia versione, era stato decorato per aver affrontato le guerriglie degli anni Sessanta). In una terza storia, segnalavo che era stato un pilota di aerei che tentò di evitare il bombardamento de La Moneda durante il colpo di stato contro Allende. E in certi momenti fu anche pugile; un abile welter che combatteva a New York e che prima o poi avrebbe sfidato per il titolo Sugar Ray Leonard. Verso l'adolescenza, Ramón Méndez divenne un agente dei servizi segreti spagnoli del CESID; un cantante di rancheras* che viveva a Guadalajara dando concerti per un pubblico selezionato; e infine, un ricco proprietario terriero di Apure che possedeva migliaia di capi di bestiame e girava a cavallo lungo le sue migliaia di ettari.
Ora che ci penso, ognuna di quelle mutazioni non parlava di lui. Il modo in cui lo costruivo credo corrispondesse a momenti della mia vita che ho dimenticato e che ormai non contano più. Mutava, mutavamo. Ma c'era un punto fermo: il suo nome. Potevo descriverlo in mille modi diversi, ma gli ho sempre messo il suo vero nome come unico indizio, proprio come la scarsa coerenza che egli poteva darmi.

Perciò, quando settimane fa camminavo per la via Jugo di Maracaibo cercando di trovare un posto dove poter bere una limonata, non ho saputo cosa fare con quella figura zoppicante che mi è passata accanto urlando versi della Bibbia.

Esitai. La luce. Il caldo. Il sole che batteva sulle mie tempie. La sete mi si è conficcata in gola come il becco di una bottiglia.
Lo seguì per pochi metri. Intuì la sua schiena; le mani enormi, i piedi piccoli; poi gli camminai davanti, distinsi la sua fronte, i suoi occhiali da miope. Giunto a un angolo, l'ho lasciai passare: un'ombra d'aria intrappolata e lozione da barba ricoperta da abiti logori. Appoggiai la schiena contro un muro. Mi era accaduto in molti posti del mondo; credevo di riconoscerlo e poi scoprivo che si trattava di un'altra persona. Pensai che fosse un'altra delle tante confusioni, fino a quando in una piazza ho visto che due uomini gridando lo salutavano e pronunciavano il suo nome.
Tornai all'Hotel Kristoff. Mi buttai sul letto e azionai l'aria condizionata a una temperatura così bassa che la mia mascella sussultò. Volevo dormire, ma alla fine presi appunti di lavoro sul mio taccuino. Ero venuto in città per immergermi nell'atmosfera con cui sarebbe iniziata la serie televisiva, che tre prestigiosi sceneggiatori stavano preparando per una società di produzione. Una storia di confini, trafficanti di droga, guerriglie, le cui azioni si sarebbero svolte tra Maracaibo, Medellín, Ciudad Juárez e Miami. Nulla che non fosse stato scritto o registrato prima, ma proprio per questo aveva grandi possibilità di successo.
Con gli anni mi ero rassegnato al mio talento. Un talento molto concreto. Nessuno era meglio di me nella scrittura di programmi pilota. I migliori sceneggiatori in spagnolo o in inglese mi hanno assunto per scrivere quel capitolo di apertura. Poi, loro continuavano il lavoro. Apparentemente la mia capacità subiva un calo se la durata si allungava. La stanchezza e l'apatia mi avvolgevano quando dovevo scrivere sei, dodici, dieci, trenta capitoli. Era quanto si affermava al centro, ed è per questo che da anni nessuno mi chiedeva di fare parte stabile di una squadra. Ero il migliore ad inaugurare una storia, ma poi, dovevo lasciarla in mani migliori.
Guadagnavo bei soldi per questo. Ero l'incaricato di aprire mondi che non avrei mai chiuso. Non esprimevo lamentele, né aspirazioni. E inoltre questa volta, la nuova serie mi ha permesso di fare un salto in Venezuela, il luogo da cui me ne ero andato da molto tempo. 
Mentirei se dicessi che mi aspettavo di incontrare mio padre. Erano trascorsi quarant'anni dall'ultima volta che ci eravamo visti. Mentirei se dicessi che non mi aspettavo che una coincidenza ci avvicinasse. Ma nei brevi momenti in cui immaginavo quell'incontro, lo scenario era sempre Caracas, la città in cui sono cresciuto, dove viveva mio padre quando ha incontrato mamma e l'ha riempita di false promesse finché non l'ha abbandonata con un bambino di pochi mesi. 
Accesi il mio computer. Chiesi che mi portassero una limonata molto fredda in camera, e per alcuni istanti mi domandai se sarebbe stato possibile scrivere una storia su mio padre; una storia personale, intima, qualcosa per me, qualcosa di diverso da un pilota, pagato in dollari da alcuni dirigenti del Messico o di Los Angeles.
“Ramón Méndez nacque in un paesino nello stato di Mérida nel 1932. Sottufficiale dell'esercito, a un certo punto negli anni Sessanta ricevette l'offerta di entrare nell'Accademia militare per diplomarsi come ufficiale, ma preferì studiare nutrizione all'università e, come disse con patetico orgoglio, fu il primo nutrizionista uomo dell'America Latina.
I suoi compiti nelle forze armate si limitavano al monitoraggio della corretta alimentazione delle truppe. Negli anni Ottanta, quando aveva raggiunto il grado di Primo Maestro Tecnico, non potendo giustificare una certa distrazione di denaro dai conti della cucina della caserma, i suoi superiori chiesero il suo congedo dall'esercito."
Ho guardato a lungo lo schermo e ho capito che non c'era molto altro da raccontare. Almeno io non avevo molto altro da raccontare, dopo anni di ricerche infruttuose. Non erano più valide le insolite vite che avevo inventato su di lui a scuola o all'istituto, per la meraviglia di quei miei compagni che avevano sempre avuto la gentilezza di non avvertire le contraddizioni delle mie storie.
Mi buttai sul letto e chattai con Ninoska, una delle mie migliori amiche. Le raccontai l'accaduto. Sembrava incuriosita, ma poi mi confessò che suo padre era malato in un ospedale di Lima. La incoraggiai e inviai i miei saluti a quell'uomo che avevo conosciuto ai tempi dell'università: un omone sorridente che era solito invitare a meravigliose grigliate nel loro cortile, gli amici di Ninoska.
Chiusi gli occhi per dormire.
La cosa migliore era stringere le mie sessioni di lavoro e andarmene immediatamente in Venezuela. Forse in Perù, per vedere la mia amica, forse in Messico per incontrare gli sceneggiatori che mi avevano assunto. Andarmene presto. Subito.
Il giorno dopo andai allo stesso punto di via Jugo. Davanti ai miei occhi una casa brillava con un penetrante color uva; bagliori gialli, viola, magenta, verdi spuntavano dalle altre facciate. Per alcuni istanti mi sono sentito come una goccia d'olio su cui esplodevano calde tonalità, colori di fuoco e d'acqua.
Lo vidi avvicinarsi di nuovo; indossava gli stessi abiti del giorno prima, ma questa volta non lanciava urla, bensì stringeva tra le mani una Bibbia sudicia. Si fermò per prendere aria. Dal suo zoppicare, ho capito che aveva un problema all'anca o alle ginocchia. Sorrisi. Sarebbe stato così facile dargli una spinta e lasciarlo steso per strada al contrario come uno di quegli scarafaggi, indifesi, disperati.
Il sole sembrava ardere sulle nuvole. Una fiammata gelida mi percorse la schiena quando Ramón Méndez si fermò accanto a me e mi guardò. Non sopportavo l'opacità, la nebbia stanca di quegli occhi piccoli. Fui sul punto di fuggire, ma lui sorrise per un istante e poi riprese la sua strada. Mi tremavano le gambe.
Ritornai in albergo e presi molti appunti per il programma pilota. Lavorai ore e ore. Mi fermai soltanto per bere un paio di limonate e per fare una doccia. Quella notte, mentre il cielo si spegneva, sentivo di essere andato su e giù per un'enorme montagna.
Parlai con Ninoska per sapere sullo stato di salute di suo padre. Disse che era stabile nella sua gravità. Poi le raccontai cosa era successo in via Jugo; mi disse che forse Ramón Méndez mi aveva riconosciuto. Trasalì al pensiero di quella possibilità. In seguito, la mia amica sussurrò che avrei dovuto avvicinarmi e parlargli; da quanto descritto sui suoi vestiti, forse aveva bisogno di soldi e come gesto di riconciliazione avrei potuto darglieli. Sorrisi. Potrebbe essere vero. Ma secondo mia madre, Ramón Méndez teneva le banconote in un vecchio calzino. Spendeva pochissimo e mai metteva mano su quei risparmi, anche se la situazione in casa lo richiedeva con urgenza.
Quando se ne andò, non lasciò neanche un bolivar* in casa. E tantomeno ne inviò in seguito o fece mai arrivare un regalo. Anni dopo, un avvocato e un giudice lo costrinsero a passare una misera mensilità, che arrivava in modo discontinuo e che scomparve del tutto il mese in cui divenni maggiorenne.
No, lo giuro. Non era nei miei piani rispondere alla sua miseria con generosità.
Quella notte ho messo un bromazepan sotto la lingua; mi addormentai guardando le serie in tv
Dormii tutta la mattina e a mezzogiorno noleggiai un taxi per farmi portare a Punta de Piedra; un paesino da cui si poteva contemplare il ponte sul lago di Maracaibo e la sagoma della città. Era un luogo perfetto per alcune scene in cui i protagonisti potevano parlare dei loro progetti. Mangiai capra al cocco; bevetti molte birre e presi molti appunti.
Guardai a lungo il ponte: le sue linee perfette, quella solidità in cui sembrava galleggiare sull'acqua. Poi contemplai il lago. Mi dissero che era molto inquinato, ma ciò non si poteva intuire dallo sfarfallio delle sue piccole onde, e delle sue correnti: atmosfere di zaffiro e quarzo, metalli sciolti, pastosità di terra mescolata e di schiuma. Per alcuni istanti il tempo scomparve e rimasi fermo sulla persistenza dell'acqua. Il lago respirò dentro di me: i suoi colori, il suo rumore, la sua estensione che sembrava crescere in direzione del cielo.
Ricordai la leggenda degli indiani Arawak. Lì si affermava che prima del lago esistesse, in quel punto, una selva rigogliosa, finché un giorno -indignato perché sua figlia aveva smesso di prendersi cura di lui e se ne era andata con un cacciatore a recitare versi- il dio del luogo aprì la terra con tale forza che i fiumi e il mare entrarono con immensa potenza e seppellirono tutti gli esseri che popolavano quella terra. Per questo motivo, ora, il lago ha un suo proprio suono che non è quello del mare né delle correnti fluviali; un suono sussurrante che ricorda la voce della figlia del dio e del suo amante.
Sono tornato a via Jugo. La visione dell'acqua perdurava in me, le sue voci umide, solari. Era come se tutti quegli dei che un tempo avevano abitato dentro il lago avessero lasciato in me un piccolo segno di silenzio. Volevo svuotarmi dalle parole. Non pensare; non dire. Forse per questo il mio sguardo si è afferrato alla figura di Ramón Méndez quando apparse sulla strada. Questa volta camminava più lentamente, come se il dolore alle ossa lo tormentasse più che mai. Per alcuni secondi, pensai di dirgli che una volta era stato un allevatore, un pilota di aerei, un pugile welter, un marinaio, una spia, un cantante di rancheras*, un militare eroico. Dirgli solo questo e andarmene. Lasciarlo con la perplessità di scoprire che nel suo corpo meschino avevano coesistito le molte persone che la sua assenza aveva tracciato nelle mie parole. Volevo avvicinarlo al terrore di essere anche la creazione delle mie storie; la lacuna riempita con frasi disgiunte che man mano gli destinavo, strato dopo strato. Immaginai che se gli avessi parlato e gli avessi detto ciò, nelle notti successive non avrebbe dormito pensando che tutti quei fantasmi vivessero dentro di lui, rivendicando uno spazio, divorandolo.
Ma quando passò accanto a me, Ramón Méndez si fermò, mi prese entrambe le braccia e disse con voce asmatica: “Figlio mio, figlio mio… Cristo, ti ama. Non lo dimenticare, Cristo ti ama”.
Lo vidi andare via. Avrei voluto fare un respiro profondo, ma l'aria pulsava come il fuoco.
Non ci fu tempo per la confusione o per i dubbi, perché all'angolo successivo si imbatté su una donna che indossava una minigonna blu e una maglietta bianca, e anche a lei gridò: "figlia mia, figlia mia, Cristo ti ama".
Quella sera parlai a lungo con Ninoska. Non le dissi nulla dell'accaduto. Lei sembrava assente. Mi riferiva con parole lente le dichiarazioni dei medici. Cattive notizie; previsioni pessime. Suo padre deperiva in un letto, lontano, assente, percorso solo da gemiti che di tanto in tanto gli uscivano dalla bocca come un segnale di abbandono e di sconfitta.
- Sai cosa fece quando ero molto piccola ed ebbi la polmonite? - precisò-, mi portò in camera sua
e mi adagiò accanto a mia madre, e lui si sedette su una sedia a vegliare tutta
la notte, ogni notte. Non dormì per giorni. Lo vedevo con gli occhi rossi
e il viso scarno, mentre accarezzava con stanchezza il termometro e le medicine.
Scesi al ristorante dell'hotel e continuai a prendere appunti. Mangiai un panino e bevetti una soda. Accanto a me, una coppia di canadesi stava parlando. Ascoltai che la donna raccontava a suo marito la storia della Vergine di Chiquinquirá. Pare che nel XVIII secolo una lavandaia trovò una piccola tavoletta nel lago e quando la portò a casa scoprì la miracolosa immagine della Vergine, ragion per cui, ora, la città di Maracaibo la adorava nella sua chiesa principale.
"Il lago, il lago" pensai, e riuscì a contemplare quella superficie d'acqua come una palpitazione inferma che accompagnava la città, che la rifletteva e la trasformava in un fremito umido. Da lì, prima, oggi, sorgevano gli dei che accompagnavano il luogo.
Quella stessa notte sognai che mio padre ed io camminavamo sul fondo del lago; avvolti nelle bolle, nel petrolio, nella sabbia. Quando mi svegliai, corsi in bagno e sputai più volte: un sapore amaro di sale mi riempiva la bocca.
Camminai per le strade frequentate da Ramón Méndez, ma in ore diverse da quelle che lui era solito transitare. Parlai con alcune persone; riuscì a ricavarne alcuni dati. Il vecchio viveva con una cugina ed era diventato evangelico da un paio d'anni. Da quel momento percorreva le piazze per predicare la parola e per minacciare le persone con gli infiniti mali che sarebbero piombati sulla città se non si fossero riscattati. Sorrisi. Mio padre aveva conosciuto la salvezza; peccato che io non vi ci sia mai entrato.
Nel pomeriggio visitai l'Hotel Baralt. Un luogo in rovina; pieno di stanze buie, materassi pieni di urina, sperma, feci. In un corridoio trovai una macchina da scrivere. L'accarezzai con la punta del dito. Da un lato, le finestre erano coperte da cartoni perforati.
La luce in quel luogo si trasformava in una trama di vetro sporco, di stoffa polverosa. Era un posto perfetto per ambientarvi un crimine che desse spazio a gran parte del programma pilota.
Chiesi al tassista di fare un giro per la città. Avevamo l'aria condizionata al massimo, ma un ronzio mi trafiggeva la testa da un capo all'altro. Pensai a mio padre; pensai all'hotel Baralt. Mi soffiai il naso con un fazzoletto. Un odore di chiuso, acqua stagnante e lozione da barba inondò la macchina.
Quando arrivai nella mia stanza al Kristoff , accesi di nuovo il computer. Pensavo di avere una buona idea per una storia. Una mattina, l'impiegato dell'hotel Baralt scopriva che sette persone si erano suicidate in stanze diverse durante la notte. Un militare in pensione, un pugile, una spia, un allevatore, un pilota, un cantante di rancheras, un marinaio. Rimasi a lungo davanti allo schermo. Riuscì solo a scrivere: "All'alba, il sole sembrava sprofondare nelle acque del lago ...".
Parlai di nuovo con Ninoska. Feci fatica a decifrare le sue frasi spezzate. Mescolava tempi e storie. Suo padre peggiorava. Intesi soltanto che un prete era passato quella mattina a fargli visita.
La mattina seguente tornai a Punta de Piedra.
Camminai per un po' fino a quando la prossimità del lago mi costrinse a fermarmi vicino a due alberi. Appoggiai le mani sui tronchi. Guardai ai lati, e alle mie spalle. Il sole imperversava sulla terra. Non vidi neanche un'anima. L'aria calda graffiò il mio viso. Contemplai il lago e mi inginocchiai.
“Se avete bisogno di prendere qualcuno; se è necessario che il tempo si compia di nuovo in una persona, vi offro Ramón Méndez. Lui e le sue sette inutili vite possono andare via; portate via lui e lasciate in pace il padre di Ninoska. "
Dissi molto di più. Balbettai parole per un po', come se stessi tirando un filo che faceva resistenza. Diverse volte mi fermai per prendere aria; l'atmosfera: pesante, viscida, ribolliva nei miei polmoni. Pregare per me era difficile. Non avevo fede; non l'ho mai avuta. Ecco perché pensai che il mio gesto potesse essere ancora più prezioso. Per i credenti, la preghiera è una comunicazione naturale; per me era un atto improprio; pregavo contro me stesso; mio malgrado, come se quelle parole fossero una bottiglia gettata in acqua con un messaggio in cerca di una remota risposta.
Serrai le palpebre. Le mie mani unite esercitarono forza fino a farmi male alle dita. I lembi del lago, quieto, brillavano di schiuma argentea.
- Sapete dove si trova Rafito?-
La donna si fermò vicino a me, sistemò le molte buste che teneva in mano e continuò a parlare al cellulare. Per un po' continuò a chiedere di una persona. Sbuffava, furiosa, iraconda. Mi guardò di traverso. Continuò a camminare e sentì con chiarezza il rumore dei suoi tacchi che si allontanavano.
Appoggiai le mie mani sulla parete color uva. Sentì il calore scorrere tra le mie dita. Guardai l'ora. La guardai di nuovo. Avevo bisogno di una limonata nei prossimi minuti, ma era necessario aspettare. Uno stormo di are attraversò il cielo: pensai a lettere colorate che fluttuavano su una pagina, muovendosi come frasi oleose e sfuggenti.
Lo vidi. Un'altra volta.
Ramón Méndez voltò all'angolo. Mi guardò e attraversò la strada per non passare vicino a me. Dall'altra parte del marciapiede alzò la Bibbia e gridò: "Cristo ti ama, Cristo ti ama". Sembrava avere meno dolori nel corpo perché il suo passo era veloce e mi mi fece pensare a un puledro. Lo guardai a lungo. Si fece sempre più piccolo finché il riverbero del sole lo avvolse in una luce bianca e non fui più in grado di distinguerne la sua sagoma.
Ritornai al mio albergo. Chiesi ai facchini se era possibile guardare il lago da una delle sue finestre. Mi dissero di no. Chiesi che mi portassero in camera una limonata con molto ghiaccio. Mi tolsi i vestiti e li buttati su un divano. Rimasi a lungo sul bordo del letto. Senza muovermi.
Squillò il mio cellulare. Ninoska. Sapevo cosa mi avrebbe detto. Lo lasciai squillare e squillare. Telefonò altre tre volte ma non risposi. Poi mi collegai a internet e comprai un biglietto per Città del Messico. Un facchino bussò alla mia porta e mi porse la limonata. La misi su un tavolo. La lasciai lì, senza assaggiarla, finché il ghiaccio si sciolse e divenne una zuppa acida.
Affondai le dita nel bicchiere. Guardai i miei vestiti scomposti, lanciati disordinatamente.
Immaginai il lago: acqua vuota, acqua senza fondo, acqua sorda. Un abisso in cui, ora, vivevano oramai solo bolle.

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Ranchera: è un genere musicale popolare della musica messicana
Bolivar: è la moneta del Venezuela