martedì 19 settembre 2017

Pastoral de otoño/Pastorale d’autunno

(trad. Marcela Filippi)

(Con Leopardi)
                                            “ed erra l’armonia per questa valle"
                                                                   (G. Leopardi)

Sentado en una piedra
he aprendido a mirar la tarde con los años,
más allá del paisaje, más allá de los hombres.
La luz dominical de una campana blanca
suena alegre y lejana y viene de la infancia.

Me he asomado al abismo
donde el cuervo levanta la urgencia de su vuelo
con el raudo dibujo de un presagio sin hora.
Con plenitud de mieses
está maduro el grano, en sazón la provincia
boreal de la fruta.

Segado está ya el trigo y lista la serpiente
al espasmo ondulante del ciclo riguroso.
Ya amarillea el hinojo su cruz invertebrada
contra la tarde leve y sus altos silencios
de pájaros azules.
En la base del monte una nube levanta
su columna barroca densa de agua y de luz.

Y están solos los ojos en el final estrecho
de esta tarde de plomo,
de helado plomo bajo y azul sobre las sierras.

El águila abandona su extensa envergadura
a las curvas caudales del viento largo y verde.
Con el canto del cuco
algo dice la tarde que el ojo no comprende
sobre la pesadumbre azul de la genciana,
sobre la persistente fragilidad del lirio,
escuetamente blanco contra la piedra gris,
bajo un ciprés sin nombre.

Y está cautivo el tiempo en los montes que asalta,
jadeante, una aspereza de jaras y cantuesos.
Cautiva la mirada del cielo de otras tardes,
desarmada y cautiva de la luz cereal
en donde ardió la infancia.

Yo no sé si esta tarde regresará otra tarde
con sus canciones verdes y su luz de campana.
Yo la fijo en su frágil vuelo y en la subida
agreste de retamas, en la ruina del arco
acosado de ortigas,
con el viento y la arena que desordena el tiempo.


Seduto su una pietra
ho imparato con gli anni a guardare la sera,
al di là del paesaggio, al di là degli uomini.

Mi sono affacciato all’abisso
dove il corvo alza l’urgenza del suo volo
con il ratto disegno di un presagio senza ora.

Con esuberanza di semina
è pronto il grano, matura la provincia
boreale della frutta.

Segato il frumento e pronto il serpente
allo spasmo ondulante del ciclo rigoroso.
Il finocchio già ingiallisce la sua croce invertebrata
contro la lieve sera e i suoi silenzi
di uccelli blu.
Alla base del monte una nuvola alza
la sua colonna barocca densa di acqua e di luce.

E ci sono solo gli occhi alla fine stretta
di questa sera di piombo,
di freddo piombo sotto e blu sulle sierre.

L’aquila abbandona la sua estesa apertura alare
alle curve feconde del vento lungo e verde.
Con il canto del cuculo
qualcosa dice la sera che l’occhio non comprende
sul dispiacere blu della genziana,
sulla persistente fragilità del giglio,
schiettamente bianco contro la pietra grigia,
sotto un cipresso senza nome.

Ed è captivo il tempo nei monti che esalta,
ansioso, un’asprezza di cisti e stecadi.
Captivo lo sguardo del cielo di altre sere,
disarmato e prigioniero della luce cereale
dove arse l’infanzia.

Non so più se questa sera rifonderà un’altra sera
con le sue canzoni verdi e la sua luce di campana.
Io la fisso nel suo fragile volo e nella salita
agreste di ginestre, nello sconquasso dell’arco
vessato dalle ortiche,
con il vento e la sabbia che sovvertono il tempo.

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