venerdì 8 settembre 2017

La lettura è crudele/La lectura es cruel

di/de Valerio Magrelli
da “Il sangue amaro”, Einaudi, Torino, 2014
(trad. Marcela Filippi)

Nel leggere, i suoi occhi correvano sulle pagine e
la mente ne penetrava il concetto, mentre la voce
e la lingua riposavano.
Agostino

O che il testo non sia, alla fin fine, un miserrimo
e stecchito parapetto che impedisce a certe psichi
di precipitare entro i baratri lautrémontiani del
«loro» corpo, e attraverso di essi in quelli del
gran tutto.
Andrea Zanzotto

[Matrice]
Ti guardo, cerco di guardarti dentro,
come se mi sporgessi su un abisso.
Mi affaccio al parapetto e guardo giú
in fondo al tuo silenzio, mentre leggi
in una lontananza irraggiungibile.
Vorrei stare con te lí in basso, invece
resto inchiodato a questo ponticello
atterrito e remoto, separato,
legato alla vertigine che amo,
se amore è la distanza che ci chiama
e insieme la paura di varcarla.

I.
Ti guardo, cerco di guardarti dentro
Trovarsi a fianco qualcuno assorto nella lettura,
mi porta a domandargli: dove sei?
Per questo cerco di cercarti dentro,
di raggiungerti dentro quel dentro
da cui mi sento irrimediabilmente escluso.
Per questo mi viene da chiederti:
perché non mi porti con te?

II.
come se mi sporgessi su un abisso.
Sei a fianco, eppure mi sembra di guardarti dall’alto.
Forse perché, leggendo, guardi in basso,
verso quel punto dove ti sei ritirata
sottraendoti a me.
Ecco perché vengo avanti piano piano,
come sull’orlo di un baratro.
Ecco perché mi protendo verso il vuoto
in fondo al quale posso a malapena intravederti.

III.
Mi affaccio al parapetto e guardo giú
Il tuo corpo mi fa da parapetto.
Mi ci posso appoggiare,
tanto non c’è nessuno.
Tu sei già andata via, sparita in basso,
nel fondovalle della tua lettura.
Mi aggrappo alle tue braccia
e scruto nella gola dove ti sei cacciata,
laggiú, piccola piccola, appartata.

IV.
in fondo al tuo silenzio, mentre leggi
Il vuoto del tuo corpo,
il suo silenzio,
dimostrano che il padrone non è in casa.
Resta solo il cappello, posato sulla sedia
per occupare il posto dell’assente.
Quando leggi, vai via, e mi lasci solo.

V.
in una lontananza irraggiungibile.
Quando leggi, vai via, mi lasci solo
e inoltre mi impedisci di seguirti.
È come se, partendo,
non mi dicessi la tua destinazione.
Anche se la scoprissi (e l’ho scoperta,
tant’è vero che posso vederti,
se soltanto mi sporgo),
comunque non mi lasci avvicinare.
La lettura è crudele, è ostile e solitaria.

VI.
Vorrei stare con te lí in basso, invece
Quanto mi piacerebbe stare insieme!
O meglio: stare insieme laggiú.
Riuscire a condividere quello spazio
da cui mi escludi, e che esiste soltanto
perché tu me ne escludi.
Sarebbe come chiedere di essere con te
nella lettura, ovvero nel «non-essere-con-te».
Il fatto è che ti installi dove io,
insieme a te, non potrò mai,
remota, assorta, sola,
nel giardino sul fondo del giardino.

VII.
resto inchiodato a questo ponticello
Questo sono io:
il crampo di chi si afferra al corrimano
paralizzato dalle vertigini.
Ti guardo con occhi sbarrati,
terrorizzato dal vuoto, ipnotizzato
dalla tua immagine sul fondo del burrone,
e intanto il desiderio si tramuta
nell’intensità della presa con cui mi tengo stretto
al corrimano del tuo corpo.

VIII.
atterrito e remoto, separato,
Impaurito dall’altezza e lontano da te,
significa in ultimo:
attratto da ciò che ci separa.
Il panico di chi teme di cadere
riflette il desiderio di cadere,
ossia di superare il vuoto che divide.
Tutto si intreccia, tutto si confonde
per generare nostalgia.

IX.
legato alla vertigine che amo,
Cosí arriviamo al nodo, alla vertigine
come attrazione del vuoto, incomprensibile
amore della paura.
(Bisogna sempre pensare alle mani
che serrano spasmodicamente il loro appiglio.
Sta a loro dire quanto costi caro lo sforzo di trattenersi:
vorrei venire da te, ma non posso farlo).

X.
se amore è la distanza che ci chiama
Pare che la parola greca per «bellezza»
provenga dal verbo «chiamare».
Se la prima condizione della felicità
sta nel bisogno di essere strappati a noi stessi,
«portami con te» vuol dire allora:
«toglimi via da me».

XI.
e insieme la paura di varcarla.
Ma c’è un divieto.
Il desiderio d’essere sradicati da sé,
fino a confondersi con la creatura amata,
si scontra con la forza di gravità che ci governa.
L’io si agguanta al suo io e non si lascia andare.
Da qui la nostalgia per la persona
con cui non potremo mai ricongiungerci
nel paradiso perduto della lettura,
nel paradiso perduto che la lettura
addita sul fondo incantato del non-io.

En la lectura, sus ojos corrían en las páginas
la mente penetraba el concepto, mientras la voz
y la lengua reposaban.
Agostino

Oh que el texto no sea, a la postre, un misérrimo
y reseco antepecho que impide a ciertas psiquis
de precipitar dentro los barrancos lautrémontianos del
“propio” cuerpo, y a través de éstos en aquellos del gran todo.
Andrea Zanzotto


Matriz
Te miro, trato de mirarte dentro,
como si me asomara a un abismo.
Me asomo al antepecho y miro hacia abajo
en el fondo de tu silencio, mientras lees
en una lejanía inalcanzable.
Quisiera estar contigo allí abajo, en cambio
quedo clavado a este puentecillo
aterrorizado y remoto, separado,
ligado al vértigo que amo,
si amor es la distancia que nos llama
y también el miedo de cruzarla.

I.
Te miro, trato de mirarte dentro

Estar al lado de alguien absorto en la lectura,
me induce a preguntarle: ¿dónde estás?
Por eso trato de buscarte dentro,
de alcanzarte dentro de aquel dentro
del cual me siento irremediablemente excluido.
Por eso quisiera preguntarte:
¿por qué no me llevas contigo?


II.
como si me asomara a un abismo.

Estás al lado, sin embargo me parece mirarte desde arriba.
Tal vez porque, leyendo, miras hacia abajo,
hacia aquel punto donde te has retirado
sustrayéndote a mí.
Por eso avanzo lentamente,
como al borde de un abismo.
Por eso me extiendo hacia el vacío
en el fondo del cual puedo apenas percibirte.

III.
Me asomo al antepecho y miro hacia abajo

Tu cuerpo me hace de antepecho.
Me puedo apoyar,
tanto no hay nadie.
Tú ya te fuiste, desapareciste abajo,
en la vaguada de tu lectura.
Me agarro a tus brazos
escruto en la garganta de la montaña donde te metiste,
allá abajo, pequeña, pequeña, apartada.

IV.
en el fondo de tu silencio mientras lees

El vacío de tu cuerpo,
su silencio,
demuestran que el dueño no está en casa.
Queda sólo el sombrero, posado sobre la silla
para ocupar el lugar del ausente.
Cuando lees, te vas y me dejas solo.

V.
en una lejanía inalcanzable.

Cuando lees, te vas, me dejas solo
y además me impides seguirte.
Es como si, partiendo
no me dijeras tu destino.
Aunque si lo descubriera (y lo descubrí ,
tanto es así que puedo verte
si sólo me asomo),
de todas formas no me dejas acercarme.
La lectura es cruel, es hostil y solitaria.

VI.
Quisiera estar contigo allí, en cambio

Me encantaría estar juntos!
O más bien: estar juntos allá abajo.
Poder compartir ese espacio
del cual me excluyes, y que existe solamente
porque tú me excluyes.
Sería como pedir de estar contigo
en la lectura, o sea en el "no-estar-contigo".
El hecho es que te instalas donde yo,
junto a ti, no podré jamás,
remota, absorta, sola,
en el jardín en el fondo del jardín.

VII.
quedo clavado a este puentecillo

Este soy yo:
el calambre de quién se agarra a la barandilla
paralizado por el vértigo.
Te miro con los ojos abiertos,
aterrado por el vacío, hipnotizado
por tu imagen en el fondo del barranco,
y mientras el deseo se transforma
en la intensidad del agarre con el que me tengo apretado
a la barandilla de tu cuerpo.


VIII.
aterrorizado y remoto, separado,

Asustado por la altura y lejos de ti,
significa al final:
atraídos por lo que nos separa.
El pánico de quien teme caerse
refleja el deseo de caer,
o sea de superar el vacío que divide.
Todo se entrelaza, todo se confunde
para generar nostalgia.


IX.
ligado al vértigo que amo,

Así llegamos al nudo, al vértigo
como atracción por el vacío, incomprensible
amor al miedo.
(Siempre hay que pensar en las manos
que apretan espasmódicamente su asa.
A éstas les corresponde lo caro que cuesta el esfuerzo para contenerse:
quisiera ir donde ti, pero no puedo hacerlo).

X.
si amor es la distancia que nos llama

Parece que la palabra griega por "belleza"
deriva del verbo “llamar”.
Si la primera condición de la felicidad
está en la necesidad de desgarrarnos de nosotros mismos,
"llévame contigo", quiere decir entonces:
"sácame de mí."


XI.
y también el miedo de cruzarla.

Pero hay una prohibición.
El deseo de ser desgarrado de sí mismo,
hasta confundirse con la criatura amada,
choca con la fuerza de gravedad que nos gobierna.
El yo se aferra a su propio yo y no se abandona.
De ahí la nostalgia por la persona
con la que jamás podremos reunirnos
en el paraíso perdido de la lectura,
en el paraíso perdido que la lectura señala
en el fondo encantado del no-yo.



Nessun commento:

Posta un commento